LA MISMA HISTORIA. UNA MIRADA DIFERENTE
"No había tiempo de sentir", palabras de Raúl Cohen, rescatista de AMIA.
Yo estaba a tres cuadras y tembló todo, corrí para la calle Pasteur siguiendo a muchos, llegué a los 5 minutos y no hubo tiempo a pensar.
Ya había algunas personas gritando y a lo único que atiné fue a tratar de ayudar, llegaban policías uniformados que no sabían que hacer, el instinto nos guiaba a todos. Empezaron a llegar ambulancias, algunos civiles ya estaban arriba de los escombros y nos pedían a los de abajo bolsas, para poner restos humanos, escaleras para llegar más arriba que les pedimos a los porteros de la zona, palas, fue todo muy rápido, no pudimos pensar, había que hacer.
No teníamos ninguno de nosotros, los civiles, ni los policías, creo que ni siquiera los bomberos, que llegaron después, ni la más remota idea sobre qué hacer, no estábamos preparados para semejante desastre.
Por alguna razón, cada vez que llega esta fecha mi instinto me hace tratar de estar cerca de mi familia, mis hijos, mis hermanos, mi mamá, los míos. Pero tengo una imagen que nunca voy a olvidar. A la hora y media, más o menos, un joven que conocía, que vivía en el edificio de enfrente, el cual había resultado destruido, se me acercó y me preguntó si yo había visto a su esposa y sus hijas, y yo las había ayudado a salir del vallado con un amigo, ellas me pidieron que si veía al marido le avisara que se habían ido a la casa de la madre. Cuando se lo dije se arrodillo frente a mí, me abrazó por las rodillas y llorando me agradecía como si yo las hubiere salvado. Esa imagen no me la voy a olvidar nunca.
Como todo era un caos, los dirigentes de AMIA se reunían en un edificio a tres cuadras en la calle Ayacucho, ahí estuvimos ayudando el primer día. Después, mientras se comenzaba a buscar sobrevivientes o fallecidos, hacían falta muchas cosas y como habían llegado los soldados de Israel, nos mandaron al edificio del Centro de estudios Judaicos. Con 3 personas más nos pusimos a la cabeza de un grupo grande de jóvenes para conseguir lo que los soldados nos pidieran, agua mineral, medicamentos, abrigo, comida, para los que estaban removiendo escombros, herramientas.
Ahí estuvimos dos días, dormíamos ahí. Nunca me pregunté por qué estuve cuatro días y sus noches colaborando. Creo que cualquier persona hubiera hecho lo mismo, no medimos riesgos solo la ilusión de encontrar alguien con vida, y confieso que no fue mi caso, salvo la gente que en un primer momento ayudamos a subir a las ambulancias, después no pudimos encontrar sobrevivientes.
Para terminar, sin los civiles nada se hubiera encontrado, ni salvado, ni los hombres y mujeres, ni los libros, ni siquiera la memoria. La imagen era la de una demolición mal realizada, de afuera para adentro, el olor a amoniaco me queda en el recuerdo hasta el día de hoy, yo no sabía por qué. Después me dijeron que la bomba estaba hecha de amoniol, y por eso el olor.
El recuerdo a un amigo del club, Mario, que nos pidió un tanque de oxigeno desde arriba de los escombros, en la ambulancia había uno pero muy grande, entre dos no podíamos levantarlo pero el bajó y la desesperación le dio la fuerza que dos no tenían, lo cargó al hombro, y resbalando lo llevo hasta donde lo necesitaban.
En ese momento no había tiempo de sentir, pero hoy las manos me tiemblan y las lágrimas caen por mis mejillas.
Quiera DIOS que nunca más tengamos que escribir por algo semejante.
Raúl Cohen
Vocal Titular de la Comisión Directiva del Centro Unión Israelita.
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